La cerámica en la arquitectura: de la Casa de Tomás Allende al Palacio de la Trinidad, sedes de Casa Decor

Cada edificio que acoge Casa Decor tiene algo que contar, pero pocos tienen tanto en común como la Casa de Tomás Allende, sede de la edición de 2021, y el Palacio de la Trinidad, en 2024. Construidos con poco menos de una década de diferencia y con personalidades muy distintas, ambos comparten un rasgo que define buena parte de la arquitectura española de comienzos del siglo XX: los oficios artesanos, y en concreto la cerámica, forman parte inseparable del edificio.
En la Casa de Tomás Allende, fue Daniel Zuloaga el encargado de esa decoración cerámica en torreones y terrazas. El Palacio de la Trinidad no lleva su firma, pero refleja el mismo gusto por una arquitectura rica en detalles: las cubiertas de teja vidriada, los revestimientos, las fuentes, los bancos y los jardines…


Oficios que construyen fachadas
A finales del siglo XIX la arquitectura española vivía un momento de enorme creatividad. Frente a las fachadas sobrias que habían dominado décadas anteriores, comenzaron a recuperar protagonismo los oficios tradicionales. Piedra tallada, hierro forjado, vidrieras, carpinterías y cerámica dejaron de entenderse como simples acabados para formar parte del propio proyecto arquitectónico.
La cerámica ofrecía, además, ventajas difíciles de igualar: resistía la intemperie, mantenía el color con el paso de los años y permitía crear relieves, escenas y motivos imposibles con otros materiales. Arquitectos como Ricardo Velázquez Bosco, Antonio Palacios o Leonardo Rucabado encontraron en ella un aliado para dar personalidad a sus edificios. Fue en ese contexto cuando apareció Daniel Zuloaga, el artista que transformaría el uso de la cerámica en la arquitectura española.

El ceramista al que todos buscaban
Daniel Zuloaga Boneta nació en Madrid en 1852, en el seno de una familia de artistas del metal: su padre, Eusebio Zuloaga, había sido armero de la Corona y director de la Real Armería. En 1865 viajó junto a sus hermanos Guillermo y Germán a la escuela de porcelana de Sèvres, donde permaneció hasta que la guerra franco-prusiana los obligó a volver a España en 1871. Fue también pintor y dibujante –el más dotado de los tres hermanos en ese terreno– y siempre partía del dibujo antes de trasladarlo a la arcilla.
En 1877, con el respaldo de Alfonso XII, los tres hermanos se instalaron en la antigua fábrica de La Moncloa, en Madrid, comprometiéndose a formar gratuitamente a doce jóvenes en el oficio. Fue el inicio de una etapa de encargos en Madrid y Castilla, entre ellos las decoraciones del Salón Recreo de Burgos. Cuando la fábrica quebró, Daniel siguió trabajando desde un pequeño taller en Vallehermoso, hasta que en 1893 el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco lo llamó para decorar las cuatro fachadas del Ministerio de Fomento, encargo que lo llevó a instalarse en Segovia, en la fábrica de La Segoviana. Cuatro años después realizaría una de sus obras más celebradas fuera del ámbito civil: el altar del Cristo de la Agonía para la catedral de Segovia.
Con Velázquez Bosco repitió colaboración en obras como el Palacio de Cristal o la Escuela de Ingenieros de Minas, y su fama creció hasta el punto de que arquitectos como Luis Bellido o Julio Galán llegaron a renunciar a parte de sus honorarios con tal de que Zuloaga decorase sus edificios. En 1908 encendió los hornos de su propio taller, instalado en la iglesia románica de San Juan de los Caballeros, donde llegó a tener una plantilla de más de diez personas, incluidos varios de sus hijos. El lugar se convirtió también en punto de encuentro de artistas e intelectuales –fue amigo de Benito Pérez Galdós y frecuentado por Mariano Benlliure–, y la familia real, en especial la infanta Isabel, acudía con regularidad a sus exposiciones.
Desde San Juan de los Caballeros salieron piezas para edificios de toda España –Barcelona, Bilbao, Salamanca, Toledo, San Sebastián–, y su prestigio le valió ser comparado con los Della Robbia del Renacimiento italiano. Murió en Segovia el 26 de diciembre de 1921.

La Casa de Tomás Allende, una fachada para mirar con detenimiento
Cuando Casa Decor abrió las puertas de la Casa de Tomás Allende en 2021, muchos visitantes descubrieron un edificio que hasta entonces había pasado casi desapercibido para buena parte de los madrileños. Situada frente a la Plaza de Canalejas y proyectada por Leonardo Rucabado entre 1916 y 1917, es una de las mejores muestras del regionalismo arquitectónico español.
Su fachada es un muestrario de los oficios artesanos que alcanzaron su mejor nivel en aquellos años: piedra, hierro, carpintería y cerámica se suceden con precisión, aunque es esta última la que termina captando todas las miradas. Daniel Zuloaga se encargó de la ornamentación de los dos torreones y de la terraza: medallones con figuras románticas, faunos, escudos, guirnaldas vegetales, animales fantásticos y referencias historicistas se suceden en una composición que recompensa a quien se detiene a observarla con calma. Ninguna pieza está colocada para decorar sin más. Todas acompañan el ritmo del edificio y ayudan a construir su identidad.


El Palacio de la Trinidad, otra forma de entender la cerámica
Tres años después, Casa Decor volvía a instalarse en un edificio donde la cerámica tiene un gran valor decorativo, aunque desde una perspectiva diferente. El Palacio de la Trinidad se construyó en 1928 para Ángeles Gutiérrez Suárez, mujer de la alta burguesía madrileña que encargó al arquitecto Luis Alemany Soler una residencia inspirada en la arquitectura andaluza y el regionalismo tardío. Años después se incorporó el pabellón de invitados, completando una finca que aún conserva buena parte de su carácter original.
Aquí la decoración cerámica no se concentra en un único punto: acompaña al visitante durante todo el recorrido. Aparece en las cubiertas de teja vidriada verde y blanca, en los remates ornamentales, en la terraza de la antigua alcoba principal, en las fuentes, en los bancos de los jardines, en el oratorio e incluso en la pequeña gruta revestida de cerámica situada entre las zonas ajardinadas.


Azulejos entre caminos y fuentes
Los jardines del Palacio de la Trinidad ayudan a entender cómo se proyectaban las residencias señoriales de principios del siglo XX. Caminos, pérgolas, esculturas, fuentes y bancos revestidos de azulejos –que, igual que el jardín circular, con su estanque central, evoca la andaluza que inspiró el proyecto– se proyectaron con el mismo rigor que la propia casa.
Recorrer este edificio durante Casa Decor 2024 nos permitió descubrir las propuestas de interiorismo, pero también detenernos en los elementos originales que normalmente pasan desapercibidos. La Exposición volvía a reivindicar el oficio artesano, igual que ya había ocurrido en la Casa de Tomás Allende.
Fotos: Nacho Uribesalazar


